En un transformador eléctrico de alta tensión, el aceite dieléctrico cumple una función tan crítica como silenciosa. No solo aísla eléctricamente: refrigera, protege y da información clave sobre el estado interno del equipo. Por eso solemos decir que el aceite es el sistema circulatorio de la alta tensión.
Su primera misión es el aislamiento eléctrico, evitando descargas entre partes activas. La segunda es la refrigeración, transportando el calor generado en los devanados hacia los radiadores. Pero hay una tercera función menos visible y tremendamente valiosa: el aceite actúa como testigo del envejecimiento interno del transformador.
Cuando el aislamiento sólido (papel y celulosa) se degrada, o cuando aparecen sobrecalentamientos, descargas parciales o arcos eléctricos, se generan gases que se disuelven en el aceite. Hidrógeno, metano, etano o acetileno no aparecen por casualidad: cada uno indica un tipo concreto de fallo.
Por eso, un transformador puede “hablar” a través de su aceite mucho antes de que exista una avería externa. Analizarlo permite anticiparse años a un fallo grave, evitar paradas imprevistas y alargar la vida útil de equipos que representan inversiones muy elevadas.
En alta tensión, el aceite no es un consumible, es un elemento activo del sistema eléctrico.
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